La compra deja rastro: hay una factura, hay una remisión, hay unos bultos que entran a
la bodega y alguien los cuenta. De ahí en adelante el rastro se corta. Lo que sigue
—quién los cargó, a qué lote se los llevó, qué día, cuánto le echó a cada comedero—
ocurre en el potrero, muchas veces sin señal, y termina resumido en una frase:
«sí, ya se les echó».
Esa frase es, en la práctica, el sistema de información de la mayoría de las
ganaderías. No porque nadie trabaje bien: el mayordomo suele saber perfectamente lo
que hizo. El problema es que ese saber no se puede consultar el martes siguiente, no
se puede comparar contra el mes pasado, no se puede revisar cuando él está de descanso
y no sobrevive a su salida de la finca.
En ese hueco caben tres preguntas que casi ninguna finca puede responder con un dato.
La frecuencia
¿Se entregó cuando tocaba?
El plan dice lunes, miércoles y viernes. Se hizo el lunes, se saltó el miércoles
porque llovió y el viernes se echó doble. A fin de mes los kilos cuadran y el
consumo total no delata nada.
Es el incumplimiento que más pasa inadvertido, porque solo se ve mirando los días
uno por uno, y porque el animal sí lo nota aunque la bodega no.
La cantidad
¿Se entregó lo que decía el plan?
«Un bulto por lote» es una unidad de bodega, no una dosis. Entre lo que el plan pide
por cabeza y lo que efectivamente cae en el comedero hay derrame, lluvia, afán y el
ojo del que reparte.
Sin la cantidad anotada en el momento, la diferencia solo aparece cuando ya se
gastó, y para entonces ya no es corregible: es un dato histórico.
El inventario
¿Por dónde se está yendo?
Cuando la bodega no cuadra, la conversación empieza por el robo y casi nunca es eso.
Es lo que se entregó y no se anotó, lo que se le llevó a otro lote, lo que se mojó,
la recarga que se hizo dos veces.
Un faltante sin trazabilidad no se puede explicar. Solo se puede discutir, que es
justo lo que desgasta al equipo sin arreglar nada.