La decisión de mover se toma con lo que alguien recuerda: que ese potrero «ya está»,
que del otro salieron «hace como veinte días». Ninguna de esas veinticuatro cosas está
anotada. Viven en la cabeza de una o dos personas, se transmiten hablando y se pierden
cuando esas personas no están.
Eso funciona, hasta que deja de funcionar. Funciona mientras la finca es una, mientras
el mayordomo es el mismo y mientras el dueño está cerca. Deja de funcionar cuando hay
dos fincas, cuando el mayordomo sale a vacaciones, cuando entra un administrador nuevo
o cuando simplemente hay que explicarle a alguien —un socio, un asesor, un banco, una
certificación— cómo se está manejando el pasto.
Y deja de funcionar, sobre todo, cuando hay que comparar. La memoria contesta
bien «¿este potrero está listo?». No contesta «¿cuál de los veinte lleva más tiempo sin
usarse?», que es la pregunta que de verdad ahorra plata.